La vida había dado un giro rotundo para Lía. Ya no podría ser consentida como princesa, ya no tendría todas las comodidades de su familia millonaria, y sus padres, ya no estarían para ella ni la ayudarían a cumplir sus sueños.
Éste año sería diferente a los anteriores; ya no quería tener miedo ni guardarse las palabras que tenía que decir. Ya no iba a llorar por cualquier cosa, se haría valer por la señorita que creía ser.
La pérdida de sus padres en aquel accidente la había echo mucho más fuerte de lo que jamás había sido. De ahora en más, sería responsable, planearía su futuro, encontraría un trabajo estable y ganaría millones. No más príncipes azules, no más fiestas de té, no más jugar con muñecas y hablar de cuentos de hadas.
Ese incidente la había echo más fuerte sí, pero también menos creyente en la vida, los milagros y los sueños.
Su visión sobre el mundo se había vuelto algo cínico de golpe. Ya nada era fácil ni divertido, como antes solía ser. Vivir la vida hacia un futuro incierto no le daba muchas esperanzas. Se tenía que convertir en una adulta respondable e independiente inmediatamente.

